La amistad eterna de José Sulaimán
Si a una persona se le juzga por sus amigos, entonces, durante y a lo largo de su extraordinaria y excepcional vida, José Sulaimán acumuló riquezas inconmensurables, ya que la misa en la Antigua Basílica de Guadalupe estuvo abarrotada de miembros de la Familia Global del World Boxing Council, provenientes de todos los rincones del planeta.
En este conmovedor duodécimo aniversario, el amigo de la familia, el obispo maronita Monseñor George Saad Abi Younes, alto, delgado y de porte erguido, coronado por una melena blanca, fue quien ofició la ceremonia, como siempre, y habló del don divino que Dios otorgó a Don José: la amistad, así como de su bondad, su lealtad y su amor por la familia. Vestido con sus túnicas color crema, con su mitra plateada y el sombrero episcopal que brillaba con rubíes bajo los intensos rayos del sol de enero que se filtraban por las pesadas puertas de roble. Con el paso de las décadas, la Basílica, con su estructura superior pesada, se ha hundido y asentado hasta inclinarse, posada sobre el blando suelo del antiguo lecho lacustre de la Ciudad de México. Pero, ¿acaso la vida misma no suele presentarse siempre desde un ángulo extraño?
La nieta de Don José, Mónica, fue quien leyó dos de las lecturas. Lucy, Fernando, Héctor y Mauricio Sulaimán, de pie hombro con hombro en una banca y posteriormente avanzando para ayudar al obispo con los instrumentos de la misa. Y la mejor parte del servicio fue el momento en que todos se estrechan las manos, se abrazan y se besan. El cálido sello de amistad y amor que une a la entidad más grande del mundo del boxeo. Se puede juzgar y evaluar a una organización por la calidad de su gente. La calidad importa.
El Réquiem de la Muerte de Mozart, el Ave María de Franz Schubert y, posteriormente, el inspirador Himno a la Alegría de Ludwig van Beethoven, porque esta fue una celebración de una vida bien vivida, no un lamento. Antes de la ceremonia hubo una pequeña dificultad para colocar el retrato sonriente de Don José sobre el pedestal, ya que se deslizaba una y otra vez. Don José, a quien le gustaba reír, sin duda habría encontrado humor en ello.
También había una niña pequeña, vestida con una chamarra rosa, siendo guiada con ternura, mano a mano, por su padre. Don José habría amado este momento, pues adoraba a sus nietos y tenía una conexión mágica con las nuevas generaciones, que a su vez se sentían atraídas hacia él. Y la generación mayor, la de la tercera edad, suele decir que en esta etapa de la vida los días pasan lentamente, pero los años vuelan.
Y, en realidad, es difícil creer que ya hayan pasado doce años desde la partida de Don José. Pero qué vida tan plena, repleta de logros revolucionarios que cambiaron para siempre el rostro del boxeo y lo llevaron a una era moderna y más humana.
Para José Sulaimán, la lealtad hacia los boxeadores era la prioridad absoluta, y mejoró de manera significativa las medidas de seguridad y salud, elevando su bienestar para que existieran mañanas… después de los hoy. Solía decir: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.
No es difícil ser humilde cuando se es grande. Se necesita verdadera grandeza para ser humilde, bondadoso y humano, a lo largo de una vida digna de atesorarse y recordarse por siempre.




