
Se cumplen 36 años de la mañana en la que el mundo del deporte se detuvo. El 11 de febrero de 1990, en el Tokyo Dome de Japón, James «Buster» Douglas protagonizó lo que hasta hoy es considerado el vuelco más grande en la historia del boxeo: el impactante nocaut sobre el entonces invicto y temido Mike Tyson.
Aquel combate se presentó como un simple trámite para «Iron Mike», quien ostentaba un récord de 37-0 con 33 nocauts y planeaba una megapelea contra Evander Holyfield. Las casas de apuestas en Las Vegas reflejaban una confianza absoluta en el campeón, situándolo como favorito 42 a 1. Sin embargo, la historia tenía otros planes.
Douglas no solo subió al ring contra el boxeador más intimidante de la época, sino que lo hizo cargando con el luto de haber perdido a su madre, Lula Pearl, apenas tres semanas antes. Ella era la única que aseguraba que su hijo vencería a Tyson. «Mi madre sí creía en mí», declaró James, cuya motivación espiritual fue el motor que impulsó su victoria.
Durante el combate, Douglas utilizó un jab de izquierda impecable para mantener a raya al campeón. A pesar de caer a la lona en el octavo asalto, el retador mostró una resiliencia inquebrantable. En el décimo episodio, la historia se escribió: Un potente gancho seguido de una combinación de tres golpes veloces mandaron a Tyson a la lona por primera vez en su carrera.
Aunque Douglas perdería el cinturón meses después ante Evander Holyfield, su victoria en Tokio quedó grabada como el máximo ejemplo de que, en el boxeo, la fe y la inspiración pueden mover montañas. Su triunfo no solo le garantizó una vida cómoda, sino un lugar permanente entre los grandes del deporte.
A 36 años de distancia, la hazaña de Buster Douglas sigue siendo el recordatorio de que, sobre el ring, no hay enemigo pequeño cuando se pelea con el corazón.


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