La vergonzosa discriminación racial
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Túnez, 5 de diciembre de 1975. En aquellos momentos de mi designación como presidente del Consejo Mundial de boxeo vino a mi mente la obsesión de combatir la vergonzosa discriminación racial en Sudáfrica, y recordó el viaje que, en representación del Consejo Mundial de Boxeo, hice a Johannesburgo en 1969. Mi compañero de asiento en el avión era un boxeador negro que se presentaría en esa ciudad. La coincidencia de nuestras actividades nos llevó a una larga charla. Él estaba confundido por ciertas cláusulas en su contrato; una de ellas especificaba que se trataba de un peleador de piel negra. Coincidimos también en el hotel, donde tenía vedado comer en los restoranes; en su cuarto le servían los alimentos. Nos enteramos después que una ley prohibía las peleas entre un blanco y un rival de raza negra o amarilla. Cuando, por necesidades de promoción, alguien de tez oscura se enfrentaba a un blanco, se le conseguía una autorización en la que se le proclamaba blanco honorario por un día.

En Johannesburgo era brutal el contraste entre el orden, la limpieza y la pujanza económica de la ciudad, y su pobreza espiritual. Escoria era la raza negra para el sajón invasor, que había establecido restaurantes, teatros, museos y muchos otros centros de entretenimiento o de cultura exclusivos para blancos. En otros se permitía el acceso a los negros, pero por diferentes puertas, como eran también diferentes los espacios en los gimnasios de boxeo: amplios y luminosos los de los blancos; oscuros y deprimentes los de los negros.

Fui invitado a comer en un lujoso restaurante. Noté que, al entrar, mi anfitrión se adelantó para hablar con el capitán de meseros, quien volteó a mirarme y luego nos llevó a la mesa reservada. Ya servidas las copas y ordenada la comida, pregunté a mi amigo qué había pasado.

-No quise que pasaras una vergüenza por el color de tu piel, que es morena clara, y por eso consulté si podíamos pasar -me dijo.

-¡Vámonos de aquí! -demandé asqueado.

En la puerta nos alcanzó el capitán: -Perdón, caballeros, ¿es que estuvieron mal atendidos? -No. Es cuestión de principios. Después vinieron tiempos tremendos y el gran señor Nelson Mandela, que había practicado el boxeo, fue encarcelado políticamente por su lucha en pro de la igualdad humana, en pro de los derechos de los negros, del derecho de vivir con libertad en su propio país. Mandela vivió tantos y tantos años detenido, sin claudicar. Dentro de la prisión, siguiendo su lucha por su raza. Entonces propuse, cuando Mandela se encontraba aún prisionero, que el Trofeo de Igualdad Humana –que entregamos todos los años-, se entregara a Mandela en prisión. Entonces el señor Mandela envió al señor Thabo Mbeki a recogerlo en su representación. Se lo dimos en un acto especial que se realizó en las Naciones Unidas. Fue un acto precioso porque hubo un profundo sentimiento humanista. De una gran representación, de admiración para un hombre que dedica su vida, que dedica los mejores años de su vida, en la cárcel, a la lucha por un ideal. A la lucha por la igualdad de los suyos. Fue un acto mucho muy emotivo. Pasados esos momentos de retrospección, volví a la realidad. Estaba viviendo mis primeros instantes como presidente del CMB. La convención de Túnez apuntaba ya al futuro, no miraba al pasado. Continuamos… José Sulaimán -Si me apoyan en esto -finalicé-, entregaré las mejores horas de mi vida, aún a sacrificio de cualquier asunto personal, no sólo para sacar adelante al Consejo Mundial y al boxeo, sino para proyectarlos. Hamouda apoyó mi moción, Bob Shields lo secundó y pasamos a votación. La respuesta fue el voto unánime y la sonora aclamación.... Ahora sí, bien despiertos. Volaban las noticias por los aires tunecinos: "El mexicano José Sulaimán, de ascendencia árabe, fue electo presidente del Consejo Mundial de Boxeo". Prensa escrita, radio y televisión dieron amplia cobertura a la información. Ajenos al despliegue noticioso, avanzábamos con pasos firmes en la toma de decisiones: para todo boxeador sería obligatorio el examen médico anual, practicado con la más moderna tecnología. Burocráticamente cumplían los médicos, en ese entonces, con el reglamento; antes de la pelea se concretaban a medir el ritmo cardíaco y la presión arterial. "Abre la boca, que Dios te bendiga y anda a darte de reatazos"... Ordenamos la realización de electrocardiogramas, electroencefalogramas, exámenes oftalmológico, pulmonar, sanguíneo... Convencidos de que la vida de los peleadores depende en mucho del cuidado de los réferis, decidimos que estos dejaran de llevar puntuaciones y se dedicaran exclusivamente a vigilar la observancia del reglamento y a la protección de los boxeadores.



José Sulaimán

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